- Los operadores globales están desactivando las frecuencias 2G y 3G para dar prioridad al despliegue de 4G y 5G.
- El apagón afecta críticamente a dispositivos IoT, sistemas de seguridad, ascensores y el servicio eCall de los vehículos.
- La migración hacia tecnologías como LTE-M y NB-IoT es fundamental para garantizar la continuidad de los servicios críticos.
Seguramente te suene a chino, pero el mundo de las telecomunicaciones está viviendo un cambio radical que podría dejar a medio planeta con equipos inservibles. Estamos hablando del desmantelamiento progresivo de las redes 2G y 3G, esas tecnologías que fueron la base de nuestra movilidad hace décadas pero que ahora resultan obsoletas frente a la potencia del 5G. No es una teoría, es un proceso que ya ha empezado en varios países y que terminará por alcanzar a casi todos los rincones de la Unión Europea.
El problema no es tanto para quien tiene un smartphone moderno, que cambia de móvil cada pocos años, sino para quienes gestionan infraestructuras de Internet de las Cosas (IoT) o poseen vehículos y maquinaria antigua. Muchas veces damos por hecho que si un aparato es 4G ya está salvado, pero la realidad es que hay muchos dispositivos que usan LTE para datos y siguen dependiendo del 2G para la voz, lo que podría provocar un efecto similar al famoso error del año 2000, pero esta vez con consecuencias físicas y reales en la conectividad.
¿Por qué se decide apagar estas redes?

La razón principal es que el espectro radioeléctrico es un recurso limitado y carísimo. Los operadores, como Deutsche Telekom o Movistar, necesitan liberar las frecuencias de 900 MHz y 2.100 MHz para ampliar la cobertura de 4G y 5G, especialmente en zonas rurales donde la señal suele ser más débil. Mantener encendida una red antigua es, además, un dolor de cabeza logístico: consumen mucha energía, son más vulnerables a ataques de seguridad y su mantenimiento es prohibitivamente costoso comparado con las nuevas tecnologías.
Calendario de desconexión: ¿Cuándo ocurre el apagón?

Cada país va a su ritmo, creando una especie de mosaico de conectividad. Por ejemplo, en Estados Unidos, Suiza y Australia, el proceso está prácticamente rematado; allí las redes 2G y 3G ya son historia. En el resto de Europa, la situación varía según el operador y la nación:
- Alemania: La red 3G desapareció en 2021. En cuanto al 2G, Deutsche Telekom y Telefónica planean el cierre para el verano de 2028, mientras que Vodafone podría alargarlo hasta 2030, aunque ya han adelantado la suspensión de voz tradicional para finales de 2028.
- España: Aquí el plan es ir retirando primero la 3G, con previsiones de cierre total hacia 2027. Orange y Vodafone ya han avanzado mucho en este sentido. La red 2G aguantará más tiempo para servir de red de seguridad, aunque se estima que el apagón total ocurra entre 2026 y 2030.
- Otros países UE: En Austria, la 3G ya no existe y la 2G podría caer en 2028 o 2030. Países como Noruega, Suecia y Finlandia ya han desactivado ambas tecnologías o lo harán a finales de 2025.
El gran peligro: Dispositivos críticos y servicios de emergencia

Aquí es donde la cosa se pone fea. Hay una cantidad ingente de equipos que no se pueden actualizar con un simple clic. Uno de los puntos más conflictivos son los sistemas de ascensores conectados. La ley obliga a que tengan comunicación bidireccional y hagan autotests cada 72 horas; si el módulo es 2G y la red cae, el ascensor queda fuera de servicio por seguridad, lo que es un problema grave dado que España es el país europeo con más ascensores instalados.
Otro caso crítico es el sistema eCall de los vehículos, obligatorio en la UE desde 2018. Muchos coches fabricados hasta 2022 o incluso 2024 dependen de 2G/3G para avisar al 112 en caso de accidente. Marcas como CUPRA o Renault están analizando el impacto y buscando soluciones, como actualizaciones inalámbricas (OTA) o la implementación de servicios de eCall privados, ya que los módulos antiguos simplemente dejarán de emitir señal.
No podemos olvidar la teleasistencia para personas mayores, los datáfonos en zonas remotas y los sistemas de alarma domésticos. Todos ellos corren el riesgo de quedar incomunicados si no se migra el hardware hacia estándares modernos.
Soluciones y alternativas tecnológicas

Para evitar que los equipos se conviertan en pisapapeles, la industria está apostando por tres tecnologías principales que sustituyen la eficiencia del 2G pero con la potencia del 4G/5G:
- NB-IoT (Narrowband IoT): Ideal para sensores fijos en sótanos o zonas remotas, ya que tiene un consumo energético mínimo y una penetración de señal brutal.
- LTE-M: Perfecto para dispositivos que se mueven, como rastreadores o wearables, ya que soporta roaming y es muy eficiente.
- VoLTE (Voice over LTE): Crucial para que las llamadas de emergencia sigan funcionando en redes 4G sin necesidad de saltar al 2G.
Es fundamental revisar si el hardware es compatible. A veces el problema no es la tarjeta SIM (que hoy en día suelen ser multitecnología), sino el módem o el firmware del dispositivo. Si el equipo es antiguo, la única salida suele ser la sustitución del módulo de comunicaciones.
Panorama global de cierres
Si miramos el mapa mundial, la tendencia es irreversible. En América Latina, países como Argentina, Chile y Colombia ya han cerrado o están cerrando sus redes 3G y 2G en plazos que oscilan entre 2022 y 2025. En Asia, China y Japón llevan la delantera, habiendo eliminado gran parte de estas infraestructuras hace ya tiempo. Esta presión global obliga a las empresas que venden hardware internacional a adoptar soluciones a prueba de futuro basadas estrictamente en 4G y 5G.
La transición hacia un mundo sin 2G y 3G es un mal necesario para alcanzar velocidades de navegación asombrosas y una latencia casi nula. Aunque el proceso genera incertidumbre y obliga a invertir en la renovación de equipos críticos como alarmas, ascensores y coches, el resultado será una conectividad mucho más robusta, segura y eficiente. La clave para no sufrir el apagón es auditar ahora mismo el hardware instalado y migrar hacia estándares como NB-IoT o LTE-M antes de que los operadores pulsen el interruptor final.

